domingo, 10 de febrero de 2008

No más FARC

La iniciativa particular, a través de Internet, de un ingeniero colombiano logró que miles de personas en todo el mundo se manifestaran el 4 de febrero contra la organización terrorista

"No hay precedentes de una movilización a partir de un llamamiento de ciudadanos independientes"


"Por culpa de las FARC, Colombia no es hoy una democracia moderna y desarrollada"



Esta es una historia que sólo podía haber ocurrido en nuestro tiempo y que muestra mejor que ningún ensayo científico la revolución cultural y política que ha significado para el mundo el Internet.

Óscar Morales Guevara, ingeniero colombiano de 33 años, apolítico y residente en Barranquilla, irritado con la iniciativa del presidente venezolano Hugo Chávez de pedir a la Unión Europea que retirara a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) de su lista de organizaciones terroristas y las promoviera a la dignidad de guerrillas combatientes, quiso dejar sentada su protesta y se instaló ante su ordenador. Como miembro de Facebook, la más extendida red social de Internet, propuso crear, dentro de este espacio, la comunidad virtual "Un millón de voces contra las FARC". Para ello diseñó un eslogan -"No más secuestros, no más muertes, no más mentiras, no más FARC"- y un pequeño texto dirigido "a los colombianos y amigos del mundo" explicando la naturaleza criminal de esa organización que por más de 40 años ha traído pobreza y miseria a Colombia con sus secuestros, negocios con el narcotráfico, asesinatos y atentados ciegos contra la población civil.

A las pocas horas varios centenares de personas se habían afiliado a su proyecto y en pocos días los adscritos eran millares. Las incorporaciones a la comunidad recién creada llegaron a alcanzar el ritmo de dos mil por hora. Uno de estos entusiastas, Carlos Andrés Santiago, un joven de 22 años de Bucaramanga, sugirió entonces la idea de la Marcha por la Paz del lunes 4 de febrero. Lo ocurrido ese día en casi todas las ciudades de Colombia y en muchas decenas de ciudades del resto del mundo, incluso en lugares tan sorprendentes como Bagdad, una aldea del Sáhara, Moscú y la capital de Ucrania, quedará como un hito para la historia moderna. No hay precedentes para esta extraordinaria movilización de millones de personas, en cinco continentes, en contra del terror y el embauque políticos encarnados por las FARC. Y, menos, que ella tuviera lugar a partir de un llamamiento de ciudadanos independientes, sin militancia política ni apoyo institucional alguno, guiados sólo por un instinto justiciero y una voluntad pacifista, que consiguió tocar un nervio y sacar de sus casas a gentes de diferentes credos, lenguas, culturas, convicciones, que, protestando contra las FARC, protestaban también contra la miríada de frentes, partidos, iglesias, que, en sus propios países, se arrogan el derecho de asesinar, torturar y cometer las peores violaciones contra los derechos humanos usando como coartada la lucha por la justicia social.

Lo más emocionante de esas marchas fue que casi todas ellas estaban encabezadas por colombianos expatriados, que, a la vez que desfilaban pacíficamente, con sus banderas y sus polos y sus estribillos, mostrando al mundo su repudio de los crímenes de las FARC, trataban de disipar el fantástico malentendido que, en ciertos ambientes "progresistas" y liberales de Europa y los Estados Unidos sin ir muy lejos, todavía considera a esta organización un movimiento justiciero y romántico, que lucha por los pobres y las víctimas de la sociedad y contra sus opresores, y que, por ello, merece ayuda económica y promoción política y mediática. ¿Los cuatro o cinco millones de colombianos que el lunes 4 de febrero inundaron las ciudades y pueblos de Colombia convirtiendo a la Marcha por la Paz en una de las más importantes movilizaciones populares en toda la historia del país, conseguirán abrir los ojos de los ingenuos europeos y estadounidenses que todavía se empeñan en ver a América Latina como un continente donde el Robin Hood guerrillero combate contra los demonios de la burguesía y el imperialismo? Probablemente no a todos, porque muchos admiradores de las FARC, en los países occidentales avanzados, lo son por la mala conciencia que les da ser prósperos y vivir en las aburridas democracias y porque necesitan, aunque sea de manera vicaria, experimentar aquellas grandes aventuras revolucionarias que, en sus países, ya son sólo historia (y, sobre todo, fantasía). Estos seguirán ciegos y sordos a la realidad. Pero esperemos que muchos otros, menos enajenados por la ideología o la estupidez, se rindan a la evidencia y entiendan, por fin, que las FARC no tienen nada de admirable ni de respetable pues son, hoy día, nada más que un Ejército seudo popular al servicio del narcotráfico, que vive del crimen, que tiene esclavizados por los métodos brutales que practica a cientos de miles de campesinos y gentes de los estratos sociales más humildes de Colombia que para su desgracia residen dentro de las zonas que domina y que son el obstáculo mayor que tiene este país para avanzar en su desarrollo y perfeccionar su democracia.

Es verdad que las organizaciones paramilitares colombianas han perpetrado crímenes espantosos en su lucha contra las FARC. Pero aquellos crímenes no contrarrestan ni hacen menos repudiables los que éstas perpetran a diario, y que son infinitamente más numerosos que aquellos y que no se cometen por afán alguno de justicia sino pura y simplemente para lucrar, llenar las arcas del terror, servir las operaciones de los grandes carteles del narcotráfico, reclutar mediante la fuerza a los adolescentes campesinos para nutrir sus filas y, sobre todo, para extorsionar e intimidar a la sociedad civil. Dentro de estos delitos, el más extendido es el secuestro de políticos, empresarios, extranjeros, profesionales y gentes del común, a fin de conseguir rescates o para utilizar a esas víctimas en operaciones de chantaje político y social. ¿Cuántos millones de dólares han obtenido ya las FARC de los más de 3.000 secuestrados que figuran en su prontuario? Al parecer, la cifra asciende a unos 300 millones, que, siendo enorme, es ínfima comparada con lo que obtiene como fuerza de choque de los barones del narcotráfico o del ejercicio mismo de esta industria, una buena parte de la cual está ya desde hace varios años a cargo de las propias FARC.

¿Fue algo distinto en sus comienzos este movimiento dirigido por el legendario Tirofijo? Tal vez lo fue, antes de que naciera oficialmente, en 1966, cuando la guerra civil que ensangrentó Colombia, luego del asesinato de Jorge Gaytán Durán y el bogotazo de 1948, y las guerrillas liberales y conservadoras se entremataban en una de las peores sangrías de la historia latinoamericana. Pero, si hubo alguna vez fuertes dosis de idealismo y generosidad en sus dirigentes, y una genuina vocación de altruismo social, todo eso fue desapareciendo con una práctica violenta de tantas décadas, en la que, poco a poco, los medios se fueron imponiendo sobre los fines, y corrompiéndolos hasta desaparecerlos, como suele ocurrir a quienes creen que "la violencia es la partera de la historia".

La realidad es que, por culpa de las FARC y del otro movimiento subversivo, el ELN (Ejército de Liberación Nacional), Colombia no es hoy una democracia moderna y desarrollada, como lo va siendo ya Chile. Lo notable es que pese al terrible desafío contra sus instituciones que representa el terrorismo, Colombia haya mantenido en todos estos años gobiernos civiles nacidos de elecciones, una prensa libre, una vida política civil muy intensa, y que su economía haya crecido con altos índices, aunque, claro está, sin que los beneficios de este crecimiento lleguen a todos los colombianos de manera equitativa. Lo que ha significado en dolor y sacrificios, en brutalidad e injusticia, en atropellos y traumas, el terrorismo -y su secuela inevitable, el contraterrorismo- ha hecho de la sociedad colombiana una de las más maltratadas del planeta. Pero no ha conseguido quebrar su amor a la vida ni su energía ni su creatividad, como lo descubren todos los forasteros que llegan allá y se sorprenden con la alegría de su música y de sus bailes, la simpatía y la cordialidad de sus gentes, el español tan bien hablado y escrito de los colombianos, y la voluntad de no dejarse derrotar por los agentes del odio y del miedo de su pueblo.

Todo eso salió a la luz, en Colombia y, de la mano de los colombianos expatriados, este lunes 4 de febrero, con esa movilización en favor de la paz y de la verdad, contra la mentira y el terror, que hizo posible un oscuro ingeniero barranquillero, que, como esos justos de las historias bíblicas, decidió un día, en un sobresalto ético, hacer algo contra el horror y el engaño, y se sentó frente a su ordenador y se puso a escribir. Su ejemplo es extraordinario. No sólo ha servido a su país y a la decencia. Nos ha mostrado el arma poderosísima que puede ser la tecnología moderna de las comunicaciones si la sabemos usar y la ponemos al servicio de la verdad y la libertad.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a diario EL PAÍS, SL, 2008.

© Mario Vargas Llosa, 2008.

lunes, 14 de enero de 2008



La cultura, desgraciadamente, es, sigue siendo, un monopolio de la izquierda convencional, muy inalterable, que disfruta de privilegios y se permite satanizar a quienes no comparten sus ideales

sábado, 12 de enero de 2008

Una mujer contra el mundo

Sor Juana Inés de la Cruz fue un espíritu libre y ávido de conocimiento. El ensayo que le dedicó Octavio Paz es, probablemente, el mejor libro de crítica literaria surgido de América Latina

"Sor Juana defendió el derecho de la mujer al ejercicio de las letras, las ciencias y las artes"

"El fundamentalismo católico terminó forzando a la mexicana a pedir perdón por sus pecados"


Hasta hace muy poco creía que el mejor libro de crítica literaria aparecido en América Latina era Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), de Ezequiel Martínez Estrada. Ahora, que acabo de leerlo, pienso que es el que Octavio Paz dedicó a Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe (1982).

Me refiero a esos ensayos en los que la investigación rigurosa, la imaginación, el buen gusto y la elegancia expositiva se alían para explicar una obra literaria, el proceso que la gestó, la manera en que la experiencia privada de su creador y la realidad histórica y social de su tiempo se reflejan en ella, y el efecto que tuvo en la cultura de su época y en las que la sucedieron. No minimizo ni descarto los estudios especializados -filológicos, estilísticos, estructuralistas, deconstructivistas, etcétera- que, hoy, por lo general, están fuera del alcance del lector profano, pero si tengo que elegir prefiero esos trabajos a medio camino entre el análisis y la creación que, tal como lo hacen la poesía y la novela con la realidad vivida, se valen de la literatura existente para construir a partir de ella obras que la trascienden y son, en sí mismas, literatura de creación.

El libro de Paz sobre Sor Juana, que nació como unos cursos que dictó sobre ella en la Universidad de Harvard en los años setenta, resume todo el material biográfico y bibliográfico que la poeta y escritora mexicana generó hasta los hallazgos más recientes (la primera edición de su libro es de 1982). La obra poética, teatral y ensayística de la autora es analizada con acerada agudeza intelectual y tanta sensibilidad poética que no exagero diciendo que, gracias a esos análisis lúcidos y estimulantes, poemas tan complejos como Primero sueño resplandecen con una nueva luminosidad y nos descubren, tras su riqueza verbal y sus audacias retóricas, una sólida arquitectura conceptual hecha de ideas filosóficas, teológicas y de mitología helénica y romana. Paz dedica muchas páginas a una fascinante pesquisa sobre la presencia en Primero sueño y otros poemas de Sor Juana de la antiquísima tradición hermética, de raíces egipcias y resucitada en la Edad Media, que descifran el sentido de sus oscuras metáforas y misteriosas alegorías, y argumenta de manera persuasiva que este sistema poético hecho de ocultamientos y disfraces era una manera de tomar precauciones contra el riesgo -que hacía vivir a todo creador de la época en el pánico crónico- de incurrir, por omisión o comisión, en delito de heterodoxia o sacrilegio y, por lo tanto, de caer en las redes de la Inquisición.

La Sor Juana cuya delicada silueta se levanta de las páginas de Las Trampas de la Fe es conmovedora. Su coraje, su reciedumbre, sus astucias, su temple fueron tan grandes como su inteligencia y su talento. Los capítulos que describen la sociedad colonial en la que ella nació y creció, esa abigarrada pirámide de castas, razas y clases rígidamente estratificadas cuya cúspide aristocrática era reflejo fiel de la que regía la metrópoli imperial y cuya humilde base, la de los indios, conservaba vivos, aunque secretos o camuflados, los mitos, creencias y costumbres de las civilizaciones prehistóricas tienen la vivacidad y la energía de los grandes murales y de las mejores películas épicas. Y permiten entender mejor, admirar más y compadecer más hondamente a quien en este contexto social, siendo mujer, estaba dotada de un espíritu libre y era curiosa, ávida de conocimientos y empeñada en adueñarse de la cultura de su tiempo.

Ser de este modo, como lo fue la humilde Juana Inés Ramírez de Asbaje, nacida por los alrededores de 1651, muchacha bastarda y sin recursos, significaba enfrentarse a una maquinaria disuasoria y represiva todopoderosa al servicio de una idea que hacía de la mujer un ser inferior, un animal doméstico y reproductor y sobre la que, por encima de cualquier otra consideración, planeaba la maldición bíblica de haber sucumbido, la primera, a las tentaciones del demonio y de ser ella misma, por su naturaleza pecadora, la mayor enemiga de la salvación masculina. Que, pese a ello, Juana Inés se las arreglara para escribir, leer y aprender mucho más que la mayoría de sus contemporáneos, e incluso, hasta para redactar -en su Respuesta a Sor Filotea- un sutil manifiesto defendiendo el derecho de la mujer, que nadie le reconocía aún, al conocimiento y al ejercicio de las letras, las ciencias y las artes, muestra que, además de su sobresaliente formación y su vuelo creativo, estaba dotada también de una ciclópea fuerza de voluntad y que llegó a ser diestra en la esgrima de la política y los malabares de la supervivencia.

Sus contemporáneos aseguran que era bella, desenvuelta, y que, en su corta juventud laica, lució con éxito en los salones virreinales. Debió ser también secreta y algo fría, razonadora y capaz de grandes sacrificios, como encerrarse en un convento de clausura y profesar sin mayor vocación para ello, sólo porque éste era el único camino posible para que alguien como ella pudiera educarse y tener una vida intelectual, y, también, una mujer muy femenina que sabía seducir y admirar al prójimo, pues, gracias a estas prendas, consiguió ganar los apoyos y patrocinios sin los cuales hubiera zozobrado mucho antes en las aguas procelosas por las que navegó toda su vida.

El libro de Paz no es mezquino ni se queda corto en destacar todo lo positivo que la colonia -esos tres siglos en que fue parte del imperio español- dejó a México, su incorporación a Occidente y a la modernidad, la riqueza de sus templos, conventos, bibliotecas, el legado cultural y religioso y su hibridación con los cultos nativos hasta constituirse en la vertiente principal de eso que, a falta de mejor definición, se llama la identidad mexicana.

Al mismo tiempo, no he leído una descripción más severa y lapidaria de lo que es una sociedad clerical, sometida a la vigilancia fanática de una Iglesia preñada todavía de celo contrarreformista, dogmática e inquisitorial, implacable contra toda manifestación librepensadora o inconforme, una iglesia de cruzada para la que, en sus extremos fundamentalistas, como el encarnado por el arzobispo de México Aguiar y Seijas, uno de los verdugos espirituales de Sor Juana, todo lo que no fuera entrega total a Dios y a las prácticas religiosas -entre otras cosas, el teatro, los toros, la literatura, el estudio, la higiene- representaba un riesgo de desacato, impiedad y herejía. La figura de este horrible y todopoderoso personaje, con sus carnes dilaceradas por las disciplinas con que castigaba a su cuerpo pecador y comido por los piojos y chinches que dejaba anidar en su lecho y en sus hábitos por amor a Dios, produce escalofríos y nos recuerda aquella época en que la Iglesia católica, como el islamismo fundamentalista de nuestros días, era la ciudadela del oscurantismo intelectual y el autoritarismo político.

La manera como el arzobispo Aguiar y Seijas y el confesor de Sor Juana, el padre jesuita Antonio Núñez de Miranda consiguen por fin, después de una sorda y silenciosa lucha de años, vencer la resistencia de la escritora, y hacerla abjurar de sus escritos y renunciar a la poesía, al estudio y hasta el pensamiento, acusarse a sí misma en una abyecta autocrítica de pecadora e insumisa, y vivir los últimos años de su vida convertida en una especie de autómata religiosa, inspiran las páginas más dramáticas del ensayo de Paz. Se leen con hechizo y horror. Con muy buen criterio y sólidos argumentos, Paz relaciona estos escritos de autocrítica ignominiosa de Sor Juana con los juicios estalinistas de los años treinta en la Unión Soviética, en los que, persuadidos o torturados por sus verdugos, los compañeros de Lenin se declaraban nazi fascistas, traidores y vendidos, para mejor servir a la causa que los aniquilaba.

Un gran libro de crítica literaria abre el apetito y nos lanza a leer aquello que ha inspirado páginas tan contagiosas. Yo nunca había podido terminar Primero sueño, aunque sí había leído décimas, sonetos y visto algún auto sacramental de Sor Juana con placer. Pero ahora, gracias al libro de Paz, leer aquel extenso, profundo y hermosísimo poema ha sido una experiencia inolvidable, una inmersión en un mundo tan intenso y sugestivo como el de Las Soledades o El Polifemo de Góngora, que, entre otras muchas enseñanzas, me ha mostrado que el desenfrenado barroquismo que tanto sedujo a Sor Juana y a su época no era escapismo formalista. Tenía una justificación que iba más allá de lo estético y lo literario, pues era una manera sutil de decir lo indecible y pensar lo impensable, de mantener viva la independencia del espíritu y el hambre de libertad en un mundo dominado por celadores que creían haberlas extinguido.



© Mario Vargas Llosa, 2007. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2007.

domingo, 16 de diciembre de 2007

El dictador en el banquillo

Es indispensable que el juicio en Perú a Alberto Fujimori se desarrolle con la máxima transparencia, para que sea instructivo y sirva de antídoto a potenciales aspirantes a dictadores


"A Fujimori se le acusa de dos crueles asesinatos colectivos cometidos durante su Gobierno"

"El proceso dará origen a una controversia sobre los alcances de la lucha contra el terrorismo"


Parecía imposible pero ha ocurrido: Alberto Fujimori Fujimori, que durante diez años gobernó el Perú con la brutalidad de las peores satrapías de la historia, está ahora en el banquillo de los acusados para responder por sus delitos ante la Corte Suprema de la República. En el primero de los juicios que se le siguen, por allanar ilegalmente el piso de la esposa de su cómplice Vladimiro Montesinos, disfrazando a uno de sus colaboradores militares de fiscal, en busca de los vídeos de la corrupción que podían comprometerlo, el martes 11 de diciembre fue condenado a 6 años de cárcel y a una reparación civil de 400 mil soles. Y la víspera, 10 de diciembre, se inició el mega juicio en el que el Fiscal Supremo ha pedido para él, por su responsabilidad en dos de los más crueles asesinatos colectivos cometidos durante su Gobierno, los de Barrios Altos y La Cantuta, 30 años de cárcel y el pago de 100 millones de soles.

Es la primera vez en la historia del Perú, y creo que en América Latina, que un Gobierno democrático, siguiendo los procedimientos legales y respetando las garantías que establece el Estado de derecho, juzga a un ex dictador por los crímenes y robos que cometió en el ejercicio arbitrario del poder. Fujimori no podrá ser juzgado por todas las faltas y agravios que abultan su prontuario; sólo por aquellos que la Corte Suprema de Chile admitió en la sentencia que permitió que el ex dictador fuera extraditado al Perú. Pero aun así, este puñado de asesinatos, tráficos y violaciones a los derechos humanos son un diáfano muestrario de los horrores que vivieron los peruanos entre 1990 y 2000 y más que suficientes para que el ex mandatario pase un buen número de años en la cárcel, al igual que Vladimiro Montesinos y el general Hermoza Ríos, ex comandante general del Ejército, el trío que diseñó y puso en marcha la "guerra de baja intensidad" para poner fin a las acciones apocalípticas de Sendero Luminoso.

¿Se hará verdaderamente justicia y el proceso y la sentencia serán probos y rectilíneos? El Poder Judicial tiene muy mala fama en el Perú y el fujimorismo, aunque en repliegue, cuenta con abundantes medios de coerción y reservas económicas producto del saqueo de los recursos públicos -el Perú ha repatriado apenas unos 250 millones de dólares de los cientos y acaso miles de millones mal habidos- pero tirios y troyanos reconocen que la Sala de la Corte Suprema que juzga a Fujimori, presidida por un prestigioso penalista, el doctor César San Martín, parece capaz y de fiar. Es indispensable que el juicio se desarrolle con la máxima transparencia, para que lo que resulte de él sea verdaderamente instructivo y sirva de antídoto a potenciales aspirantes a dictadores. Hay cerca de 150 periodistas extranjeros siguiendo las sesiones, que se transmiten por televisión, de modo que la opinión pública podrá juzgar por sí misma si los jueces actúan con imparcialidad y competencia.

El proceso dará origen a una interesante controversia sobre los alcances y límites de la lucha contra el terrorismo y la subversión, pues la línea de defensa del ex dictador es que si se cometieron "execrables excesos" en la guerra contra Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), ellos se debieron al contexto de violencia enloquecida que generaron en el país los secuestros, asesinatos, coches-bomba y atentados ciegos contra la población civil, de ambas organizaciones terroristas cuyas víctimas, decenas de miles, eran en su inmensa mayoría ciudadanos sin militancia política, sacrificados por el fanatismo.

¿Es lícito combatir el terror con el terror? Protagonista central de este proceso será el Grupo Colina, comando secreto constituido por el régimen fujimorista desde el año 1991 con miembros de las fuerzas armadas y bajo el mando de un militar especializado en inteligencia, el mayor Santiago Martín Rivas, ahora en prisión al igual que buen número de sus subordinados, para ejecutar operaciones especiales -torturas, asesinatos, desapariciones, secuestros y acciones de intimidación- contra los terroristas y sus reales o supuestos cómplices, a fin de desalentar la colaboración de la población civil con los movimientos subversivos.

Una de las peores fechorías del Grupo Colina fue la matanza de los Barrios Altos, en Lima, la noche del 3 de noviembre de 1991, en la que este comando exterminó a balazos a quince personas -once hombres, tres mujeres y un niño de nueve años- que celebraban una "pollada" en un modesto piso supuestamente para recaudar fondos a favor de Sendero Luminoso. Ni siquiera es seguro que todos los asesinados fueran miembros o simpatizantes del movimiento terrorista, sólo dos de ellos parecen haber tenido contactos con la izquierda revolucionaria, de modo que la salvaje matanza inmoló sobre todo a inocentes. El mayor Martín Rivas, en una entrevista que concedió en la clandestinidad -antes de ser capturado- al periodista Umberto Jara, explicó que aquella operación no quería capturar terroristas, sino hacer llegar "un mensaje" a Sendero Luminoso: "Te golpeo en el lugar que te escondes. Ya sabemos que las polladas y los heladeros son tus disfraces".

La otra matanza materia de este juicio, la de la Universidad Enrique Guzmán y Valle, llamada La Cantuta, tuvo lugar en la madrugada del 18 de julio de 1992. En este caso, la intervención del Ejército fue más explícita, pues soldados de la División de Fuerzas Especiales, que dirigía el general Luis Pérez Document -ahora también preso- rodearon el local de la Universidad mientras los integrantes del Grupo Colina, enmascarados, entraban a uno de los dormitorios y secuestraban a nueve alumnos y un profesor a los que exterminaron a balazos en Huachipa, a donde trasladaron a los detenidos en un camión transporta soldados de aquel mismo cuerpo militar. La aparición de aquellos cadáveres mutilados, carbonizados y enterrados en bolsas y cajas de zapatos, descubiertos gracias a la pesquisa de unos periodistas temerarios, provocó un gran escándalo en el Perú y empezó a socavar la popularidad de que gozaba todavía la dictadura.

¿Hasta qué punto estuvo personalmente involucrado Fujimori en estas matanzas? ¿Las ordenó? ¿Fue informado de ellas por Montesinos y el general Hermoza y contribuyó a cubrirlas y a garantizar la impunidad para los ejecutores? Eso es lo que este juicio debe dilucidar. El ex dictador sostiene, claro está, que él no sabía nada, que todos esos crímenes se cocinaban en el secreto y que ni siquiera se enteró de la existencia del Grupo Colina. Pero abundan los testimonios de los propios implicados -jefes y ejecutores de los crímenes- afirmando que aquellas operaciones formaban parte de una rigurosa estrategia de guerra clandestina contra el terror concebida y ordenada por el vértice mismo de la jerarquía militar cuyo jefe supremo, según la Constitución, es el presidente de la República. Parece difícil, por decir lo menos, que en un régimen tan vertical y personalizado como el que estableció la dictadura fujimorista pudieran operar motu proprio, sin el aval de la jerarquía máxima, comandos de oficiales en ejercicio, que utilizaban una infraestructura militar en todos los pasos que daban, para cometer acciones en las que ponían en juego su carrera profesional y su libertad.

En todo caso, lo cierto es que la famosa "guerra de baja intensidad" contribuyó, tanto como los horrendos crímenes de Sendero Luminoso, a llenar de cadáveres, de desaparecidos, de mutilados y de miedo y odio al Perú de los años noventa. Cerca de 70.000 peruanos murieron o desaparecieron en esa contienda, la inmensa mayoría de ellos gentes humildes y desvalidas cuya desgracia fue estar allí, en medio de dos terrores, formando parte de esa anónima masa a la que "terroristas" y "contraterroristas" enviaban mensajes en forma de balazos y explosivos para mostrarles quién era más cruel y desalmado. La mejor demostración de que esa estrategia era no sólo inmoral e inaceptable en una sociedad democrática, sino también contraproducente, es que la operación decisiva que quebró a Sendero Luminoso y precipitó su desintegración no fueron las matanzas del Grupo Colina, sino la captura de Abimael Guzmán y casi todo su Comité Central, llevada a cabo por un grupo de policías dirigido por el general Antonio Ketín Vidal y el coronel Benedicto Jiménez, valiéndose de los métodos más modernos de rastreo y seguimiento, sin torturar ni matar a nadie y sin siquiera disparar un tiro.

El juicio a Fujimori debe durar unos ocho o diez meses. El Perú, que políticamente ha dado en el pasado tantos espectáculos penosos -cuartelazos, demagogos, políticas insensatas- merece ahora que la opinión pública internacional se interese en lo que aquí ocurre, no sólo por los excelentes índices de crecimiento de su economía y su estabilidad institucional, sino por este juicio a un ex dictador, ejemplo altamente civilizado para esta América que, como escribió Germán Arciniegas, todavía se debate entre la libertad y el miedo.

© Mario Vargas Llosa, 2007. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2007.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Los ojos del bosque

Recorrer la célebre creación de Agustín Ibarrola, en el valle de Oma, proporciona una aventura cultural, espiritual y artística. Propia del País Vasco, una de las regiones más cultas de Europa

Para los cazadores, caminantes o extraviados forasteros que recorrían las boscosas colinas y montañas que cercan al valle de Oma, en los alrededores de Guernica, en el País Vasco, debió ser una menuda sorpresa, en los años ochenta, encontrarse de pronto, entre los altos pinos de una cumbre y sus laderas, a un hombre de boina inevitable, menudo, nervioso y de ojos incandescentes, yendo y viniendo entre el barro y la hojarasca, observando y como midiendo o interrogando el espacio entrecortado por gruesos troncos o, encaramado en lo alto de una escalerilla tarzanesca de ramas y de lianas, sumido en una profunda meditación.

Para entonces, Agustín Ibarrola había dejado ya atrás los cincuenta años, pero cada vez que trepaba a aquel monte -y lo hacía muchas veces, incluso a diario, con sol o con lluvia, de mañana, de tarde y hasta de noche, temblando pero decidido a vivir de cerca, como un indefenso primitivo, la impresión del aguacero, los truenos y los rayos en medio de la soledad y los árboles- recuperaba su juventud y su infancia y volvía a vivir una experiencia que había marcado su memoria acaso con más fuerza que ninguna otra, incluida la de los años que pasó en la cárcel por su militancia antifranquista: la visita a las cuevas vecinas de Santimamiñe y las pinturas rupestres que atestiguan la existencia de comunidades humanas en la región hace veinte mil años. Es una impresión que, descrita por él, produce cierto escalofrío, porque tiene, por encima del entusiasmo estético, algo de revelación mística o de viaje iniciático, de reencuentro mágico con los ancestros que, en los albores de la prehistoria, pintaban palotes, animales y símbolos en las rocas para expresar su indefensión, sus ilusiones y su terror. En sus peregrinaciones cotidianas, a lo largo de años, a aquellos pinares del valle de Oma, Agustín Ibarrola hacía algo más que compenetrarse en cuerpo y alma con el paisaje de su tierra y buscar en la naturaleza una fuente de inspiración para su arte: retomar el contacto aquel, ese milagroso diálogo celebrado aquella vez en las cuevas de Santimamiñe con los milenarios pobladores de la región que vivían no en la historia sino en el mito, no todavía en la razón y el conocimiento sino en el instinto y el pálpito, la magia y la adivinación.

De todo ello da testimonio feliz ese Bosque de Oma que figura entre las más célebres realizaciones de Agustín Ibarrola. Algunos lo llaman el "bosque pintado", equivocación garrafal porque esa denominación sugiere que el artista ha utilizado los árboles del pinar como una tela o una madera, una simple base para levantar sobre ella un mundo propio. Lo que allí ha conseguido realizar es más bien lo contrario: a través de una delicada y amorosa aproximación, valiéndose de unos pinceles y colores que acarician y convocan en vez de añadir, sacar a la superficie de aquellos troncos y cortezas lo que de un modo difícil de racionalizar, pero no de sentir, estaba ya implícito en ellos, una escondida espiritualidad, una esencia. Esos trazos son un llamado y una respuesta. Por eso, recorriendo este bosque, nos sentimos vistos y observados, como si los ojos que Ibarrola ha delineado sólo hubieran puesto en evidencia esos sentidos avizores, acerados, curiosos e impertinentes de sus pobladores. Esos árboles hablan, se animan, viven, lanzan mensajes, y, por supuesto, como anhelaba quien los sometió a aquella ceremonia encantatoria, nos relacionan con la lejanísima humanidad que en aquellos tiempos no se había desprendido aún del todo de la naturaleza, unos hombres y mujeres que apenas empezaban a entenderse entre ellos con gruñidos y gestos y estaban todavía más cerca del mono, el oso, el río y el árbol de lo que hoy llamamos seres humanos.

Recorrer el bosque encantado de Oma es una aventura cultural y espiritual a la vez que artística, un retorno inquietante a los orígenes de la civilización y una exploración de esa vida primaria que también alienta en nosotros por debajo de todas las capas de conocimientos, ideas, creencias, convicciones e instituciones con las que el progreso y la historia han ido vistiendo al hombre contemporáneo. Aquí, entre estos pinos, por unas horas, recobramos la desnudez primitiva, sensaciones e imágenes que debieron acompañar también a aquellos hermanos del taparrabo y el garrote cuando tronaba el cielo y unas víboras de fuego bajaban de las nubes a incendiar el bosque. Ibarrola ha conseguido con esos trazos de colores convertir a ese monte en un caleidoscopio histórico, en el que presente y pasado se confunden como una unidad indisoluble, queda abolido el tiempo y por un instante nos sobrecoge de pavor esa palabra terrible: eternidad.

Llamarlo bosque encantado sí le va de maravilla. Porque no encierra uno sino muchos espectáculos, según la perspectiva desde la cual se lo observe. Uno de sus encantos es advertir que todo lo que vemos -que creíamos ver- va transformándose y moviéndose con nosotros, cambiando de faz y de significado a medida que lo miramos de frente o al sesgo o por detrás. Lo importante es saber que los colores, las manchas y las rayas representan siempre conjuntos, unidades gregarias, como en la época de los tótems, cuando el individuo aún no existía y era sólo una pieza de la tribu. Vistos así, como unidades colectivas, despliegan mejor su gracia y fantasía: las bandadas de aves que lo cruzan, las formaciones de guerreros o cazadores que se aprestan a actuar, el estremecimiento del rayo, la fraternidad del arco iris. Por supuesto que hay otras lecturas, las que, por ejemplo, da el propio Ibarrola: el homenaje a la Mezquita de Córdoba y su bosque de columnas, los diseños geométricos que recuerdan a Malevich. Una obra artística lograda genera innumerables evocaciones, según las épocas, las culturas y las personas. A mí, los árboles del Bosque de Oma me llevaron a las grandes llanuras amazónicas, a las aldeas aguarunas y huambisas del Alto Marañón, a un pueblecito de los shapras donde vi al perro de un enemigo de la tribu encarcelado y vigilado en tanto que su dueño discurría libre y sin molestias entre sus captores. Y al museo de Rotterdam donde estuve toda una tarde perdido en la selva de planos y ángulos del universo pesadillesco de Piet Mondrian y su helada recusación de la civilización industrial.

He venido este fin de semana al País Vasco para asistir a una representación de Aída, en Bilbao, dentro del marco del ambicioso proyecto "Tutto Verdi", concebido por la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera, atizado por el crítico Juan Ángel Vela del Campo (otro bilbaíno de pro) y apoyado con entusiasmo por el Ayuntamiento y la sociedad civil de la ciudad, que consiste en montar, a lo largo de quince años, toda la obra operística del compositor italiano, además de ciclos de conferencias, exposiciones, charlas y publicaciones. Ni en su país ni en parte alguna se va a celebrar con tanta inteligencia, buen gusto y generosidad a uno de los grandes creadores de nuestro tiempo. Casi todas las veces que he venido al País Vasco -y han sido muchas- mi visita ha sido inducida, como ésta, por un motivo de alta civilización. Para mí, esta región de España es una de las más cultas y artísticas de Europa. Me lo repito cada vez que vengo y gozo en sus museos por los que desfila la vanguardia y la pos vanguardia del planeta, y en sus festivales de cine, de jazz, de danza, de música clásica o moderna donde se puede ver y oír lo mejor de lo mejor, o en sus exquisitos restaurantes donde se degustan manjares que atraen a los golosos de medio mundo. Y cada vez he podido charlar y gozar con gente refinada, hospitalaria y cosmopolita a más no poder, enamorada de las ideas y de las artes y los libros, que, como en este almuerzo en el caserío de Agustín y Mari-luz Ibarrola, rodeados de sus hijos -uno de ellos, José, también pintor- y nietos, me han hecho sentir que, contra todas las apariencias, el mundo es bueno y sano y la vida vale la pena de ser vivida.

Y cada vez me pregunto, apenas subo al coche que me regresa a Madrid y que pronto comenzará a escalar los montes arbolados hacia la meseta castellana: "¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que este admirable, hermoso, cultivado país, el de Chillida, el de Ibarrola, el de Unamuno, el de Baroja, el de Savater, el de Jon Juaristi, el del "Tutto Verdi", el del Bosque de Oma, sea también ciudadela del nacionalismo, la más anacrónica y oscurantista ideología de nuestro tiempo? ¿Y cómo explicarse que a la vez que produce tantas cosas bellas y sensatas, genere aberraciones horribles como esos comandos terroristas de ETA, que matan, ponen bombas y siembran odio y miedo a su alrededor, y que han atacado ya en varias oportunidades el Bosque Encantado destruyendo con hachas decenas de pinos y pintarrajeando centenares de otros con espumarajos retóricos que piden la muerte para su creador?". No tiene explicación plausible. Es uno de esos pavorosos enigmas que Georges Bataille señaló tan bien cuando dijo que en el ser humano los peores antagonismos se conjugan y funden.

© Mario Vargas Llosa, 2007. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2007.

domingo, 18 de noviembre de 2007

El comandante y el Rey

La salida de Juan Carlos I, tras las interrupciones e insultos de Hugo Chávez, tuvo la virtud de rasgar el velo de hipocresía que rodea las Cumbres Iberoamericanas

Es verdad que una imagen vale mil palabras y, una secuencia de imágenes, diez mil. El incidente que ha inmortalizado la sesión de clausura de la última Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, divulgado al mundo por las cámaras de televisión, dice más e ilustra mejor sobre el caudillo venezolano Chávez y congéneres, así como sobre las relaciones de España con América Latina, que decenas de sesudos ensayos.

Los mejores guionistas de Hollywood no lo hubieran hecho tan bien si querían abrir el espectáculo con la imagen -entre cómica y siniestra- de un espadón tercermundista en plena acción. Interrumpiendo al presidente del Gobierno español que, tímidamente, se atrevía a recordar a los mandatarios latinoamericanos que "nacionalizar empresas no garantiza nada", el comandante Hugo Chávez se apodera del micro y se dispara en insultos contra José María Aznar, quien alguna vez habría invitado a Venezuela a algo tan ignominioso como integrarse "al primer mundo", propuesta fascista que el caudillo tropical rechazó, claro está, porque "somos humanos y los fascistas no son humanos. Creo que una serpiente es más humana que un fascista o que un racista". La estupidez conceptual se enriquece si quien la emite se expresa con la vulgaridad del comandante Chávez y su gesticulación cuartelera. Hasta aquí nada que sorprenda, aunque, sí, mucho que entristezca y avergüence, si quien presencia la escena es latinoamericano y, sobre todo, venezolano.

Entonces, Rodríguez Zapatero pide la palabra a Michelle Bachelet -la presidenta de Chile dirige la sesión- y, extremando el respeto de las formas y buscando con verdadera angustia las palabras más prudentes, trata de dejar sentada su protesta por la "descalificación" que se ha hecho de un ex presidente "que fue elegido por los españoles". Digo "trata de" porque, pese a sus educadas maneras, hasta en dos oportunidades es groseramente interrumpido de nuevo por Hugo Chávez, quien, como la presidenta Bachelet le ha cortado el micro, levanta virilmente la voz a fin de que ninguno de los presentes se libre de escucharlo. A estas alturas, el Rey de España, al que literalmente hemos visto demudarse y enrojecer a lo largo de toda esta escena sin poder ocultar la irritación que le produce, irrumpe con su contundente "¿Por qué no te callas?" que, por un instante, deja al soldadote de marras quieto y mudo, como sin duda le ocurría en el cuartel cuando su superior lo aderezaba de carajos. La presidenta Bachelet introduce un inesperado toque de humor al sugerir con meliflua voz a los presentes "que eviten los diálogos".

Otro tercermundista y comandante entra en escena, esta vez un Daniel Ortega maltratado por los años con una calvicie acelerada y una panza capitalista, para desgañitarse atacando a España por los bombardeos de Estados Unidos contra Libia, por las supuestas depredaciones de Unión Fenosa y contra los embajadores españoles por conspirar contra el Frente Sandinista... hasta que el Rey de España se levanta y deja sentada su protesta abandonando la sesión.

La enseñanza más obvia e inmediata de este psicodrama es que hay todavía una América Latina anacrónica, demagógica, inculta y bárbara a la que es una pura pérdida de tiempo y de dinero tratar de asociar a esa civilizada entidad democrática y modernizadora que aspiran a crear las Cumbres Iberoamericanas. Esta será una aspiración imposible mientras haya países latinoamericanos que tengan como gobernantes a gentes como Chávez, Ortega o Evo Morales, para no mencionar a Fidel Castro. Que sean o hayan sido populares y ganaran elecciones no hace de ellos demócratas. Por el contrario, muestra la profunda incultura política y lo frágil que son las convicciones democráticas de sociedades capaces de llevar al poder, en libres comicios, a semejantes personajes. Ellos no asisten a las Cumbres a trabajar por el ideal que las convoca. Van a utilizarlas como una tribuna para internacionalizar la demagogia y las bravatas con que mantienen hipnotizados a sus pueblos y, por eso, esas Cumbres están condenadas al fracaso y al circo. Antes, la estrella indiscutible de ellas era Fidel Castro y sus espectáculos anti imperialistas, que enloquecían de felicidad a los gacetilleros amantes de escándalos. Ahora que Castro dejó de ser caudillo para convertirse en analista internacional -el único que en Cuba habla y despotrica con envidiable libertad- el histrión preferido de la prensa amarilla es Chávez, émulo y ventrílocuo de aquél.

Claro que hay otra América Latina, más decente, honrada, culta y democrática que la representada por estos energúmenos. Estaba allí, en esa sesión de clausura, invisible y muda, como siempre en estas ocasiones en la que los caudillos, hombres fuertes, "comandantes" y payasos se apoderan de las candilejas. ¿Por qué callan y se dejan ningunear y eclipsar de esa manera si ellos son infinitamente más respetables y dignos de ser escuchados que aquéllos? No sólo porque algunos están sobornados por los petrodólares que derrocha el venezolano a diestra y siniestra. A menudo lo hacen porque temen ser víctimas de las diatribas y descalificaciones de aquellos matones, que les pueden soliviantar a sus extremistas criollos y, también, aunque parezca mentira, porque ellos, que sólo son gobernantes civiles que tratan mal que bien o bien que mal de ajustarse a las limitaciones que les señalan las leyes y constituciones, se sienten mandatarios de segunda frente a esos dioses omnímodos que no tienen otro freno para sus excesos y bellaquerías que su soberana voluntad.

La salida del Rey de España tuvo la virtud de rasgar el velo de hipocresía que circunda las Cumbres Iberoamericanas a las que, en apariencia -no en la realidad- asisten jefes de Gobierno y de Estado dignos del mismo respeto y consideración. Falso de toda falsedad: el señor Chávez tiene unas credenciales que lo exoneran de toda respetabilidad civil y democrática, pues, el 4 de febrero de 1992, traicionó su uniforme y actuó con felonía intentando un golpe militar contra un Gobierno constitucional y legítimo en el que decenas de oficiales y soldados venezolanos murieron defendiendo el Estado de derecho. Levantarse contra un Gobierno constitucional es el peor crimen que pueda cometer un militar y por eso el comandante Chávez fue juzgado, condenado y enviado a la cárcel. Que en lugar de pasarse allí muchos años fuera amnistiado por el presidente Rafael Caldera y luego premiado por una mayoría de venezolanos con la Presidencia de la República no lo absuelve, sólo muestra hasta qué punto estaba turbado ese electorado que se dejó seducir por los cantos de sirena de un demagogo y que está ahora lamentándose amargamente de su error.

Lo absurdo, lo delirante de lo ocurrido en Santiago de Chile es que el comandante Chávez eligiera, para descargar sus iras y convertir en blanco de su mojiganga tercermundista, a España, un país cuyo Gobierno ha hecho esfuerzos denodados para llevarse en paz con él, e, incluso, echarle una mano internacionalmente cuando todo el Occidente democrático lo censuraba por sus atropellos a los derechos humanos y sus complicidades con las satrapías fundamentalistas.

¿Alguna otra enseñanza que sacar de todo esto? Que, como es evidente que a los tigres y a las hienas no se las aplaca con venias y sonrisas y echándoles corderos, conviene mucho más a un país democrático como España privilegiar en sus relaciones a países que representan la civilidad, la libertad, la legalidad, y con los que tiene la seguridad de una cooperación real y de largo plazo, que tratar por todos los medios de ganarse la amistad de quienes representan las antípodas de lo que, afortunadamente para los españoles, es hoy España. Ni la Cuba de Fidel Castro ni la Venezuela de Chávez merecen ser, hoy, los amigos dilectos del Gobierno español, y sí, en cambio todos esos discretos y esforzados gobiernos que, en el resto del continente latinoamericano trabajan por sacar a sus pueblos de esa barbarie del subdesarrollo que representan no sólo los bajos índices de crecimiento y las vertiginosas desigualdades de ingreso, educación y oportunidades, sino, también, la demagogia y la matonería políticas encarnadas en Ortega y Chávez que las televisiones de todo el mundo pusieron en evidencia en la clausura de la Cumbre Iberoamericana.

Es posible que, al reaccionar como lo hizo, el Rey de España transgrediera el protocolo. ¡Pero qué alegría nos deparó a tantos latinoamericanos, a tantos millones de venezolanos! ¿La prueba? Que he escrito este artículo arrullado por los animados compases del flamante pasodoble que ahora entonan y bailan en todas las universidades venezolanas, que se titula ¿Por qué no te callas? y cuya tonadilla y letra llueven sin tregua sobre mi computadora.

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© Mario Vargas Llosa, 2007.