sábado, 3 de mayo de 2008

Jodorkovski en Siberia

El antiguo patrón de la petrolera Yukos sufre un duro castigo por su quimérica pretensión de intervenir en la política rusa como crítico y opositor democrático del nuevo zar, Vladimir Putin

Tal como van las primarias, es muy posible que los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos sean los senadores Barack Obama, por el Partido Demócrata, y John McCain por el Republicano. Y, si es así, qué duda cabe que las polémicas en la campaña serán afiebradas, dadas las discrepancias que mantienen sobre la guerra en Irak, la política económica, la seguridad social y muchos otros temas. Pero, por lo menos en uno, su coincidencia es total, y es seguro que cualquiera que resulte triunfador interpondrá sus buenos oficios para que el Gobierno ruso cese, o por lo menos atenúe, el encarnizamiento con que persigue al antiguo dueño de la compañía petrolera Yukos, Mijáil Jodorkovski, ahora sepultado en una cárcel de Siberia. En efecto, el 18 de noviembre de 2005, McCain y Obama presentaron en el Senado de Estados Unidos una resolución que fue aprobada por unanimidad contra las condenas de Jodorkovski y su socio Platón Lébedev que, según aquel texto, recordaban las peores prácticas judiciales de la era soviética.

Confieso que hasta hace poco no tenía la menor simpatía por Mijáil Jodorkovski de cuyo caso sabía muy poco y al que, de manera vaga, asociaba a los antiguos burócratas comunistas que, en la época de Yelstin, se vendieron a sí mismos, en una mascarada de privatización, las industrias que administraban, volviéndose de este modo millonarios de la noche a la mañana.

Pero un artículo de André Glucksmann en Le Monde y las referencias que en él se hacían a declaraciones de dos grandes luchadoras democráticas rusas, Elena Bonner-Sajarov y la asesinada periodista Anna Politkóvskaya sobre este caso, me pararon las orejas y me llevaron a investigar. Ahora creo que los tres tenían razón y que los castigos y atropellos judiciales de que es víctima el antiguo patrón de Yukos no tienen nada que ver con los delitos económicos que pudo cometer en la actividad empresarial que lo convirtió por un tiempo en el hombre más rico de Rusia, y sí, en cambio, con los apoyos que prestó a instituciones y partidos políticos de corte demócratico, a organizaciones de derechos humanos, a sus intentos de introducir en sus empresas métodos de apertura y transparencia a la usanza occidental y, sobre todo, a su pretensión -quimérica, dadas las circunstancias de su país- de intervenir en la política rusa como crítico y opositor del nuevo zar, Vladimir Putin.

Su historia es novelesca. Nacido en 1963, fue líder del Komsomol (juventudes comunistas) mientras estudiaba Ingeniería. Durante la perestroika comenzó a hacer negocios, abriendo primero una cafetería y luego un comercio que importaba computadoras y mercancías de lujo. Sus ganancias le permitieron abrir un pequeño banco en 1988, que, gracias a su empeño y a sus influencias políticas, creció como la espuma. En 1995 realizó la compra de Yukos, por unos 350 millones de dólares. Dos años después, el valor de Yukos se había multiplicado a nueve mil millones. Era la época de esa orgía de privatizaciones luctuosas en la agonizante URSS y quién puede dudar que esta operación sólo pudo ser posible gracias a tráficos y privilegios de índole política.

Ahora bien, si los orígenes de la enorme fortuna que alcanzó con sus empresas son sospechosas, y acaso delincuenciales, como los de todas las grandes fortunas que surgieron en Rusia de la noche a la mañana en la behetría de la transición de la Unión Soviética a la Rusia actual, todos los testimonios que he podido consultar señalan que Jodorkovski, una vez al frente de Yukos, introdujo una gestión moderna, publicando balances rigurosos, revelando los nombres de sus accionistas, pagando impuestos y distribuyendo dividendos. Estas prácticas le permitieron entablar relaciones estrechas con grandes compañías occidentales, con las que inició operaciones conjuntas. Al ser detenido, negociaba una fusión de Yukos con la Exxon Mobile.

A la vez, empezó a financiar órganos de prensa y centros de información independientes, fundaciones dedicadas a los derechos humanos, organizaciones políticas de índole democrática y liberal e hizo saber -fue, sin duda, su delito capital- que tenía la intención de participar en política activa oponiéndose a Putin, cuyas decisiones y úcases contra empresarios criticó abiertamente. Mientras algunos de éstos, como Boris Berezovsky, presintiendo lo que se venía, huían al extranjero, Jodorkovski hizo saber que no abandonaría Rusia porque no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista legal.

Así le fue. Meses antes de las elecciones de 2004 a las que quería presentarse, en octubre del 2003 fue arrestado y acusado de fraude y de haber evadido mil millones de dólares en impuestos. En mayo de 2005, luego de una mascarada de juicio en el que los abogados de la defensa fueron acosados por las autoridades y, a menudo, impedidos incluso de asistir a las sesiones del tribunal, lo condenaron a ocho años de cárcel. Enviado a Siberia y puesto por largos períodos en situación de confinamiento, fue víctima de un extraño intento de homicidio por otro recluso que intentó clavarle un cuchillo en la garganta. Cuando cumplió la mitad de la pena y, según la legislación rusa, podía salir en libertad condicional, ésta le fue denegada y la fiscalía se apresuró a acusarlo de nuevo, ahora por malversación y lavado de dinero, imputaciones por las que podría ser condenado a 22 años más de prisión.

Entretanto el Gobierno de Putin se había incautado de Yukos y llevado a la más próspera empresa petrolera rusa a orillas de la extinción, con el fin de concentrar en el Estado todo el control de la energía, el principal instrumento de influencia y coerción con que cuenta Putin frente a sus vecinos en particular y a Europa en general. El hombre más rico de Rusia no quedó reducido a la pobreza extrema, desde luego, pero su astronómica fortuna simplemente se desintegró y, con ella, se encogió considerablemente el sector privado de la economía rusa.

La situación de Jodorkovski en la prisión siberiana de Chita donde languidece, y en la que, a menos que la presión internacional consiga salvarlo, acaso deje los huesos, se halla cerca de la frontera con Mongolia y las condiciones de los presos son durísimas. El hostigamiento a sus abogados es sistemático y los permisos de visita reducidos a una hora. Una de las razones esgrimidas por la justicia para negarle la libertad condicional fue que durante los paseos en la prisión se negaba a llevar las manos unidas a la espalda. Hasta el momento, todas las protestas de gobiernos e instituciones -entre ellos los de la canciller Angela Merkel y el presidente Bush-, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, del Senado de Estados Unidos, del Parlamento Europeo, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y de innumerables Colegios de Abogados e instituciones de derechos humanos, han sido inútiles.

El caso Jodorkovski ilustra bastante bien la trágica historia contemporánea de su país. Luego de setenta años de autoritarismo dictatorial y economía estatizada el sistema comunista se desplomó por implosión interna y lo sucedió no la libertad sino el libertinaje y la anarquía. En esta situación de caos institucional, desintegración del orden público y colapso de la economía, proliferaron las mafias y el gangsterismo, la corrupción se generalizó, surgieron fortunas vertiginosas y los niveles de vida, ya mediocres o ínfimos de una mayoría de ciudadanos, empeoró a la vez que la desaparición del orden y de la seguridad pública creaban las condiciones propicias para un nuevo autoritarismo. Es lo que trajeron Vladimir Putin y su rosca de antiguos compañeros de la más eficiente (y repelente) supervivencia de la vieja URSS: el KGB, la policía política. La inexperiencia y el desorden en que vivía hizo que el pueblo ruso viera en el nuevo autócrata a su salvador y aceptara con beneplácito el nuevo régimen.

En la nueva Rusia de Vladimir Putin no ha muerto el capitalismo ni mucho menos. Hay muchos empresarios que hacen grandes negocios. Pero a condición de ser dóciles y trabajar en estrecha complicidad con el poder político, que es, ahora, como en todas las sociedades autoritarias, la fuente del éxito y del fracaso de una empresa, algo que depende de los privilegios que concede el poder y no del favor del público consumidor. Y para que no lo olviden, y, sobre todo, para que no vayan a experimentar esa forma de locura que es querer actuar libremente y hasta intervenir en política, ahí está el insensato de Mijáil Jodorkovski, helándose a 40 grados bajo cero, durmiendo en una tarima de madera y preguntándose sin duda por qué maldita suerte la realidad rusa -comunista o capitalista- se parece tanto a las pesadillas de Dostoyevski.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2008.

Tambores de guerra

Chávez aprovecha la crisis provocada por la incursión colombiana en un campamento de las FARC en territorio de Ecuador para mantener la zona al rojo vivo

El incidente fronterizo entre Colombia y Ecuador, ocurrido a raíz de la incursión militar colombiana en un campamento de las FARC situado en territorio ecuatoriano, debería eclipsarse pronto con las excusas formales del Gobierno colombiano y el acuerdo propiciado por la OEA (Organización de Estados Americanos) para evitar en el futuro episodios semejantes. Pero cabe que no sea así, por la intromisión en el asunto del mandatario venezolano, Hugo Chávez, el gran desestabilizador de América Latina.

En efecto, a Chávez le viene como anillo al dedo el conflicto y tratará de mantenerlo al rojo vivo. Desde el referéndum que perdió, su impopularidad en su propio país no hace más que crecer, al mismo tiempo que la inflación, el desabastecimiento alimenticio y la corrupción, que golpean sin misericordia a aquellos sectores venezolanos más pobres que en un principio eran su principal apoyo. En estas condiciones, nada tan oportuno como un conflicto bélico que permita a su Gobierno efusiones efervescentes de patriotismo a fin de crear artificialmente la unidad nacional. Y que tenga entretenidas a unas Fuerzas Armadas en las que jamás prendió la prédica ideológica de Chávez a favor del "Socialismo del Siglo XXI" y cuya lealtad, ahora vacilante, ha conseguido sobre todo sobornando a su cúpula.

No se explica de otra manera a cuento de qué el caudillo venezolano se precipitó a atizar el fuego de aquel episodio que tuvo lugar a muchos cientos de kilómetros de las fronteras venezolanas, a lanzar sus habituales amenazas e insultos contra el mandatario colombiano Álvaro Uribe y a ordenar, ante las cámaras de la televisión, con gesto musoliniano, a su ministro de Defensa: "¡A ver, póngame de inmediato diez batallones en la frontera con Colombia!".

Las payasadas del mandatario venezolano son pintorescas, pero, en este caso, también preocupantes. Pues, en la actualidad se trata, políticamente hablando, de un animal herido, que se siente cada vez más rechazado por su pueblo y totalmente incapaz de revertir una crisis económica y social desatada por su ignorancia y megalomanía. En esas circunstancias no se puede descartar que reabra la crisis, directamente, o a través del Gobierno ecuatoriano del presidente Correa, quien, a juzgar por su errático comportamiento desde el inicio de este conflicto -aceptando en un principio las excusas y explicaciones del presidente Uribe y, luego, escalando las protestas y magnificando lo sucedido-, después de mantener una cierta independencia, parece haberse resignado a integrar también, junto con el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega, la cofradía de vasallos políticos de Hugo Chávez.

Pese a las FARC y al narcotráfico, Colombia es una democracia que ha resistido una embestida feroz contra su sistema político, de dos poderosos movimientos subversivos, apoyados por la industria de la droga más rica de América Latina, y por la Cuba de Fidel Castro y la Venezuela de Chávez. Con el Gobierno de Álvaro Uribe, el más popular que ha conocido Colombia en varias décadas, la narcoguerrilla ha comenzado a ceder el terreno y el pueblo colombiano a perder el miedo y a recuperar la esperanza. Eso hace de Uribe un ejemplo odiado por quienes quisieran, como Chávez, convertir a América Latina en una sociedad comunista a la manera de Cuba o en ese galimatías socialista y bolivariano en que él ha transformado a Venezuela.

Lo extraordinario de esta historia es que sea Colombia el país que Chávez y Correa han querido poner en la picota internacional como "violador de la soberanía territorial" de un vecino. Si de violaciones territoriales se trata, el comandante Hugo Chávez debería estar entre rejas hace muchos años. Nadie, ni siquiera Fidel Castro en los sesenta, en el apogeo de su mesianismo revolucionario, ha pisoteado de manera tan burda la soberanía de los demás países latinoamericanos, financiando movimientos y candidatos extremistas, publicaciones revolucionarias, subvencionando huelgas y paros armados, y, como ha hecho con las FARC y el ELN colombianos, concediendo "santuarios" a los movimientos subversivos, que éstos aprovechan para curar a sus heridos, dar descanso a sus tropas, o refugiarse cuando se ven en peligro. En los documentos hallados en el campamento de las FARC recién destruido, aparecen pruebas, según ha ofrecido mostrar el Gobierno colombiano, de que los narcoterroristas colombianos han recibido ya, de Hugo Chávez, 300 millones de dólares. ¿No son ésas violaciones descaradas y flagrantes de la soberanía de un país vecino?

La indignación del presidente Correa ante la incursión militar colombiana tiene asidero, sin duda: es grave que ocurra y la comunidad civilizada internacional ha hecho bien en censurarla. Pero, ¿es menos tolerable que un movimiento subversivo y narcoterrorista, como las FARC, tenga "santuarios" estables en territorio ecuatoriano, enclaves extraterritoriales que lo pongan a salvo de las acciones del gobierno democrático que está tratando de derribar? Eso es lo que mostraba ser, en las imágenes, el campamento donde murieron Raúl Reyes y la veintena de miembros de las FARC.

Lo menos que se puede decir en este caso es que el presidente Correa y su Gobierno, tan escrupulosos en la defensa de la soberanía ecuatoriana, debían de serlo, también, no permitiendo actos inamistosos contra su vecino como el establecimiento de campamentos subversivos a lo largo de su frontera. Porque, una de dos: o no están en condiciones de impedir que las FARC hagan de las suyas en territorio ecuatoriano, y en ese caso no pueden quejarse de que el Gobierno colombiano actúe como lo ha hecho en su legítima defensa, o lo están, y no quieren hacerlo, por temor, prudencia o por complicidad con la subversión.

La soberanía territorial debe ser respetada, desde luego. Pero, por todos los gobiernos, empezando por el del comandante Chávez. Porque el efecto desestabilizador de sus intromisiones -a golpe de los petrodólares del desventurado pueblo venezolano que él derrocha para hacer realidad sus sueños hegemónicos bolivarianos- están causando mucho daño a los países que tratan de fortalecer sus instituciones y luchan contra el subdesarrollo respetando la libertad y la legalidad.

Después de Colombia, otro de los objetivos prioritarios del caudillo llanero es el Perú, cuya democracia le molesta. Ya en las últimas elecciones trató de imponer a un candidato afín a sus delirios ideológicos, que por fortuna los electores rechazaron (pero no por muchos votos). Desde entonces, su larga mano y su dinero están detrás de toda la violencia social que los grupúsculos extremistas desatan en el Perú, manipulado a los sectores marginales y desfavorecidos con huelgas, levantamientos, paros y toma de locales y empresas que sólo sirven para retrasar el desarrollo y paralizar la vida económica del país. Las casas de ALBA, que el Gobierno de Chávez ha sembrado por toda la sierra peruana, están lejos de ser esas instituciones humanitarias que pretenden: en verdad son focos activos de propaganda revolucionaria cuyo objetivo es socavar en los sectores campesinos y marginales toda forma de adhesión al sistema democrático y ganar adeptos para las fuerzas que se empeñan en derribarlo.

El efecto más pernicioso del incidente ecuatoriano-colombiano es que va a dar un nuevo impulso al armamentismo en América Latina, de manera que preciosos recursos de los países latinoamericanos se gasten comprando aviones, tanques, misiles, etcétera, que nos defiendan del "peligro exterior". Peligrosísimo juego que, además de un derroche insano, puede, en un momento de desvarío nacionalista, provocar otra de esas hecatombes que han ensangrentado nuestra historia.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2008.

El último maldito

Muchos se resisten a reconocer el talento de Céline por sus simpatías hitlerianas, pero nadie como él describió con intuición genial esta humanidad obtusa y estúpida

Curioso por el entusiasmo que despertó en Onetti, sobre el que escribo un ensayo, la primera novela de Céline, he vuelto a leer -¡después de casi medio siglo!- al último escritor "maldito" que produjo Francia. Como escribió panfletos antisemitas y fue simpatizante de Hitler, muchos se resisten a reconocer el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Pero lo tuvo, y escribió dos obras maestras, Viaje al final de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo. Luego de estas dos novelas su obra posterior se desmoronó y nunca más despegó de esa pequeñez y mediocridad en que viven, medio asfixiados y al borde de la apoplejía histérica, todos sus personajes.

En aquellas dos primeras novelas lo que destaca es la ferocidad de una postura -la del verboso narrador- que arremete contra todo y contra todos, cubriendo de vituperios y exabruptos a instituciones, personas, creencias, ideas, hasta esbozar una imagen de la sociedad y de la vida como un verdadero infierno de malvados, imbéciles, locos y oportunistas, en el que sólo triunfan los peores canallas y donde todo está corrompido o por corromper. El mundo de estas dos novelas, narradas ambas en primera persona por un Ferdinand que parece ser el mismo (en Muerte a crédito cuenta su niñez y adolescencia hasta que se enrola en el Ejército y, en El viaje al final de la noche, su experiencia de soldado en la Primera Guerra Mundial, sus aventuras en el África y en Estados Unidos y su madurez de médico en los suburbios de París), sería intolerable por su pesimismo y negrura, si no fuera por la fuerza cautivadora de un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso que recrea maravillosamente el argot popular y finge con éxito la oralidad, y por el humor truculento e incandescente que, de tanto en tanto, transforma la narración en pequeños aquelarres apocalípticos. Estas dos novelas de Céline, más que para ser leídas, parecen escritas para ser oídas, para entrar por los oídos de un lector al que los dichos, exclamaciones, improperios y metáforas del titi parisién de los suburbios le sugieren todo el tiempo un gran espectáculo sonoro y visual a la par que literario. Qué oído fantástico tuvo Céline para detectar esa poesía secreta que escondía la jerga barriobajera enterrada bajo su soez vulgaridad y sacarla a la luz hecha literatura.

No hay un solo personaje entrañable en estas novelas, ni siquiera alguno que merezca solidaridad y compasión. Todos están marcados por el resentimiento, el egoísmo y alguna forma de estupidez y de vileza. Pero todos imantan al lector, que no puede apartar los ojos -los oídos- de sus disparatadas y sórdidas peripecias, sobre todo cuando hablan. El menos repelente de todos ellos es, sin duda, el astronauta e inventor de Muerte a crédito, Courtial des Pereires -una versión gangsteril y diabólica del tierno Silvestre Paradox de Pío Baroja-, que luego de estafar a media Francia con sus delirantes invenciones y sus exhibiciones aerostáticas, termina descerrajándose un escopetazo en la boca que lo convierte en una masa gelatinosa que pringa las últimas cincuenta páginas de la novela y hasta a los lectores los ensucia de pestilentes detritus humanos. No creo haber leído jamás unas novelas que se sumerjan tanto y con semejante placer y regocijo en la mugre humana, en toda ella, desde las funciones orgánicas hasta los vericuetos más puercos de los bajos instintos.

Siempre se ha dicho que el Céline político sólo apareció después de escribir sus dos primeras novelas, cuando su antisemitismo lo llevó a excretar Bagatelles pour une masacre y otros repugnantes panfletos de un racismo homicida. Pero la verdad es que, aunque, en términos estrictamente anecdóticos, estas novelas no desarrollen temas políticos, ambas constituyen una penetrante radiografía del contexto social en que el nazismo y el fascismo echaron raíces en Europa en los primeros años del siglo veinte. El mundo que Céline describió en sus novelas no es el de la burguesía próspera, ni el de la desfalleciente aristocracia, ni el de los sectores obreros de lo que, a partir de aquellos años, se llamaría el cinturón rojo de París. Es el de los pequeños burgueses pobres y empobrecidos de la periferia urbana, los artesanos a los que las nuevas industrias están dejando sin trabajo y empujando a convertirse en proletarios, los empleados y profesionales que han perdido sus puestos y clientes o viven en el pánico constante de perderlos, los jubilados a los que la inflación encoge sus pensiones y condena a la estrechez y al hambre. El sentimiento que prevalece en todos esos hogares modestos, donde los apuros económicos provocan una sordidez creciente, es la inseguridad. La sensación de que sus vidas avanzan hacia un abismo y que nada puede detener las fuerzas destructoras que los acosan. Y, como consecuencia, esa exasperación que posee a hombres y mujeres y los induce a buscar chivos expiatorios contra la condición precaria y miedosa en la que transcurre su existencia. Bajo las apariencias ordenadas de un mundo que guarda las formas, anidan toda clase de monstruos: maridos que se desquitan de sus fracasos golpeando a sus mujeres, empleados y policías coloniales que maltratan con brutalidad vertiginosa a los nativos, el odio al otro -sea forastero al barrio, o de distinta raza, lengua o religión-, el abuso de autoridad, y, en el ánimo de esos espíritus enfermos, en resumen, la secreta esperanza de que algo, alguien, venga por fin a poner orden y jerarquías a pistoletazos y carajos en este burdel degenerado en que se ha convertido la sociedad.

Todos estos personajes son nacionalistas y provincianos en el peor sentido de estas palabras: porque no ven ni quieren ver más allá de sus narices. Como el Ferdinand Bardamu de El viaje al final de la noche pueden recorrer el África negra y vivir en Estados Unidos, o, como el Ferdinand de Muerte a crédito pasar cerca de dos años en Inglaterra. Inútil: no entenderán ni aprenderán nada sobre los otros porque, por prejuicio, desgana o desconfianza, son incapaces de abrirse a los demás y salir de sí mismos. Por eso, regresarán a su suburbio aldeano, a su campanario, como si nunca lo hubieran abandonado. No saben nada de lo que ocurre más allá de su entorno porque no quieren saberlo: como si romper las celdas en que se han encerrado por el miedo crónico en que viven, fuera a hacerlos más vulnerables a esos misteriosos enemigos de que se sienten rodeados. Pocos escritores han descrito mejor que Céline ese espíritu tribal que es el peor lastre que arrastra una sociedad que intenta progresar y dejar atrás los prejuicios y hábitos reñidos con la modernidad. En Céline no hay la menor intención crítica frente a esta humanidad obtusa y estúpida que describió con intuición genial. Para él, el mundo es así, los seres humanos están hechos de ese apestoso barro y nada ni nadie los mejorará.

Céline pertenecía a este mundillo y nunca salió de él. Por sus simpatías hitlerianas, al final de la guerra huyó a Alemania tras los nazis que escapaban de París y, luego de un peregrinaje patético que narró en unas seudo novelas que no son ni sombra de las dos primeras que escribió, terminó en una cárcel danesa. Dinamarca se negó a extraditarlo argumentando que si lo entregaba a Francia no tendría un juicio imparcial y sería poco menos que linchado. (Estuvo a punto de ser asesinado durante la ocupación por un comando de la resistencia en el que, por lo menos eso juraba él, participó el escritor Roger Vailland). En 1953, fue amnistiado y pudo regresar a París. Volvió a la banlieu donde acostumbraba jugar a la pétanque con amigos de su barrio. Jamás se arrepintió de nada. Poco antes de morir concedió una entrevista en la televisión a Roger Stéphane. Nunca he olvidado esa cara del viejo Céline con la barba crecida y sus ojos enloquecidos, clavados en el vacío, mientras, apretando su puñito esquelético, su vocecita cascada rugía, frenética, ante la cámara: "¡Cuando los amarillos entren a Bretaña, ustedes, franceses, reconocerán que Céline tenía razón!".


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL. 2008.

Borges y los piqueteros

Argentina renuncia poco a poco a todo lo que hizo de ella un país del primer mundo para, obnubilada por el populismo, la dictadura y la demagogia, empobrecerse, dividirse y ensangrentarse

La biblioteca "Miguel Cané", en el barrio bonaerense de Boedo, es un modesto local de techos altos y viejos anaqueles y pupitres de lectura, que se ha convertido en un sitio de peregrinación cultural para todo visitante más o menos alfabeto que llega a Buenos Aires. Porque aquí trabajó Jorge Luis Borges nueve años, de 1937 a 1946, como humilde auxiliar de bibliotecario, registrando y clasificando libros en un estrecho cuartito sin ventanas del segundo piso, donde ahora se exhiben, en una vitrina, las primeras ediciones de algunos de sus libros.

No hace mucho pasó por aquí el escritor inglés Julian Barnes y dejó estampada su admiración por el autor de Ficciones. Siento de pronto emoción imaginando aquellos años oscuros de ese auxiliar de biblioteca que, según la leyenda, en la hora de tranvía que le tomaba ir y venir de su casa a su trabajo, se enseñó a sí mismo el italiano, y leyó y poco menos que memorizó La Divina Comedia, de Dante. Además, claro, de darse tiempo para escribir los cuentos de su primera obra maestra, Ficciones (1944).

Borges es una las cosas más notables que le ha pasado a la Argentina, a la lengua española, a la literatura, en el siglo veinte. Y es seguro que esa particular forma de genialidad que fue la suya -por lo excéntrico de sus curiosidades, su oceánica cultura literaria, lo universal de su visión y la lucidez de su prosa- hubiera sido imposible sin el entorno social y cultural de Buenos Aires, probablemente la ciudad más literaria del mundo, junto con París. Ambas capitales tienen encima, como segunda piel, una envoltura literaria de mitos, leyendas, fantasías, anécdotas, imágenes, que remiten a cuentos, poemas, novelas y autores y dan una dimensión entre fantástica y libresca a todo lo que contienen: cosas, casas, barrios, calles y personas.

Mucho de aquella Argentina de lectores voraces y universales, de cosmopolitas frenéticos y políglotas desmesurados, está todavía presente en la desfalleciente Buenos Aires a la que vuelvo luego de algunos años: en sus espléndidas librerías de Florida y Corrientes abiertas hasta altas horas de la noche, en sus cafés literarios donde se cocinaron grandes polémicas estéticas y políticas, y cuajaron esas revistas culturales que circulaban por toda América Latina como ventanas que nos descubrían a los latinoamericanos todo lo importante que en materia artística y literaria ocurría en el resto del mundo. Las paredes del Café Margot están llenas de inscripciones, fotos y recuerdos de los ilustres escribidores, músicos y pintores que se sentaron, bebieron y discutieron hasta altas horas en estas mesitas frágiles y apretadas donde, con un grupo de amigos, recordamos algunas glorias extintas: Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, José Bianco. En un rincón del célebre Café Tortoni hay una mesa con un Borges de tamaño natural, hecho de papier-maché.

Pero es sobre todo en ciertas personas donde aquella tradición civil e intelectual está aún viva y coleando: después de muchos años tengo la alegría de ver al ensayista y filósofo Juan José Sebreli y unos pocos minutos de conversación me bastan para comprobar, de nuevo, la solidez y vastedad de su información filosófica, la desenvoltura con que se mueve por los mundos de la historia, las ideas políticas y la literatura. Como muchos argentinos que he conocido, me da la impresión de haber leído todos los libros.

Borges fue destituido de su empleo en la biblioteca "Miguel Cané" por el gobierno de Perón, en 1946, y degradado, por su anti-peronismo, a la condición de inspector municipal de aves y gallineros. El hecho es todo un símbolo del proceso de barbarización política que latinoamericanizaría a Argentina y revelaría a los argentinos al cabo de los años que, en verdad, no eran lo que muchos de ellos creían ser -ciudadanos de un país europeo, culto, civilizado y democrático, enclavado por accidente en Sudamérica- sino, ay, nada más que otra nación del tercer mundo subdesarrollado e incivil.

La involución del país más próspero y mejor educado de América Latina -una de las primeras sociedades en el mundo que gracias a un admirable sistema educativo derrotó al analfabetismo- a su condición actual, es una historia que está por escribirse. Cuando alguien la escriba, lo que saldrá a la luz tendrá la apariencia de una ficción borgiana: una nación entera que, poco a poco, renuncia a todo lo que hizo de ella un país del primer mundo -la democracia, la economía de mercado, su integración al resto del globo, las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos- para, obnubilada por el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el delirio mesiánico, empobrecerse, dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y, en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros.

Son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie. En sus orígenes eran, al parecer, desempleados y marginales que salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma, que daba la espalda a los más necesitados. Ahora, más bien, son las fuerzas de choque del poder político. Antenoche han salido con sus bombos y sus garrotes a enfrentarse a los simpatizantes de los agricultores que protestan en la Plaza de Mayo por los nuevos impuestos decretados por el gobierno de Cristina Kirchner para los productos agrícolas. Y, en efecto, los dispersan a palazos y a patadas, en nombre de la revolución.

¿Cuál revolución? La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D'Elía, afirmando que la culpa de esta movilización de agricultores contra el gobierno la tienen "los blancos". Añade que él "odia" a los blancos del Barrio Norte y quisiera "acabar" con todos ellos. Pregunto a mis amigos argentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de "blancos". Porque, por donde yo miro, en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piquetero con 40 millones de sus compatriotas? No veo argentinos negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos, salvo turistas o inmigrantes: ¿únicamente a ellos está dispuesto D'Elías a salvar de sus fantasías homicidas y racistas?

Unos días más tarde, tengo ocasión de inspeccionar muy de cerca a un par de centenares de piqueteros que emboscan el autobús que me lleva, de la Bolsa de Rosario al local del Instituto Libertad, que cumple 20 años, un aniversario que un buen número de liberales del mundo entero hemos venido a celebrar. Como quedamos inmovilizados por la joven hueste de don Luis D'Elías -o tal vez alguna peor, pues ésta es sólo ultra, y en la Argentina hay ultra-ultra y más- entre 10 y 15 minutos en la Plaza de la Cooperación, mientras ellos, imbuidos de la filosofía de aquel mentor, destrozan los cristales del autobús y lo abollan a palazos y pedradas y lo maculan con baldazos de pintura, tengo tiempo de estudiar de cerca las caras furibundas de nuestros atacantes. Son todos blanquísimos a más no poder. Mis compañeros y yo guardamos la compostura debida, pero no puedo dejar de preguntarme qué ocurrirá si, antes de que vengan a rescatarnos, los aguerridos piqueteros que nos apedrean lanzan adentro del ómnibus un cóctel molotov o consiguen abrir la puerta que ahora sacuden a su gusto. ¿Celebraré mis 72 años -porque hoy es mi cumpleaños- tratando de oponer mis flacas fuerzas a la apabullante furia de esta horda de salvajes? Cuando pasa todo aquello, la joven periodista ecuatoriana Gabriela Calderón -es tan menuda que consiguió encogerse debajo del asiento como una contorsionista- me pregunta muy en serio si estas cosas me ocurren en todas las ciudades que visito. Le respondo que no, que esto sólo me ha ocurrido en la queridísima ciudad de Rosario.

Lo es para mí, por los buenos recuerdos que guardo de ella, y porque es la tierra de mi amigo Gerardo Bongiovanni y de Mario Borgonovo, un publicista que, cuando se lanza a cantar tangos, hasta los ángeles del cielo bajan y los diablos del infierno suben a escucharlo. Gerardo fundó, con cuatro amigos, en 1988, la Fundación Libertad, para promover las ideas liberales en su país. 20 años después, el Instituto es un foco de pensamiento, de debates, de publicaciones, de seminarios y conferencias que entablan una batalla diaria por la modernidad, la tolerancia, el progreso, la democracia y la prosperidad contra quienes se empeñan en seguir retrocediendo a la Argentina hacia lo que Popper llamaba "la cultura de la tribu". Durante los diálogos, mesas redondas y exposiciones de estos días, como en la mañana emocionante de mi visita a la biblioteca "Miguel Cané", de Boedo, me digo, esperanzado, que no todo está perdido, que todavía el fantasma de Borges podría despertar a la Argentina de la pesadilla de los piqueteros.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL. 2008.

Traseros irritados

La normalidad en las preferencias sexuales es algo relativo y discutible. Lo cierto es que alguna prensa amarilla carece de la menor ética. Véase el caso del vídeo sadomasoquista de Max Mosley (ver vídeo)

El vídeo más visto en el Reino Unido la semana pasada carecía de título y desde el punto de vista técnico dejaba mucho que desear, pero, pese a ello, sedujo a una impresionante cantidad de ciudadanos británicos. Por eso, cuando el involuntario protagonista de aquel vídeo pidió a los jueces que lo sacaran de la red, alegando que violaba su intimidad, los magistrados decidieron que hubiera sido "fútil" prohibirlo cuando ya había recibido cerca de un millón y medio de visitas. Y que, por lo tanto, el diario The News of the World, que lo había colgado en su sitio en la web, podía mantenerlo allí. Sospecho que en los días transcurridos desde entonces, el número de espectadores de aquella cinta se ha duplicado o triplicado y alcanza ahora varios millones de mirones.

Yo no he visto el tal vídeo ni lo veré, pero puedo describirlo con lujo de detalles porque sus imágenes me salen al paso aquí en Nueva York desde hace días en revistas y diarios que hojeo o programas informativos de la televisión que se me ocurre poner. Así, sé muy bien que la estrella de aquel espectáculo es el señor Max Mosley, apuesto sexagenario británico, hombre de sociedad y de fortuna, con estudios en Oxford, título de abogado y presidente de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), con sede en París, que ha convertido las carreras de Fórmula 1 en un negocio multibillonario. Sé también que Max Mosley es hijo de Sir Oswald Mosley y de su esposa, Diana Mitford, cuyo matrimonio, en Alemania, se celebró en casa del ministro nazi de propaganda, Joseph Goebbels, en presencia de Adolf Hitler, muy amigo de los recién casados. Sir Oswald Mosley, que en su juventud fue un ministro laborista, fundó luego la Unión Británica de Fascistas y estuvo internado con su mujer en una cárcel durante la guerra. Al terminar ésta, lideró un grupúsculo de extrema derecha que tuvo una existencia breve y folclórica.

El vídeo es una mascarada nazi. En una "cámara de torturas" montada en el sótano de una elegante residencia de Chelsea, el señor Max Mosley, disfrazado a ratos de prisionero y a ratos de carcelero, imparte y recibe en el trasero sartas de azotes, rodeado de cinco mujeres disfrazadas de victimarios nazis -botas, gorras, esvásticas, brazaletes, látigos, cadenas-, a las que insulta (en alemán) y por las que es insultado (en inglés). De tanto en tanto, las escenas de azotes se interrumpen y verdugos y víctimas se distienden, tomando tacitas de té, conversando banalidades y haciendo un poco de chacota. El señor Mosley pagó a las cinco prostitutas -"profesionales" precisa la prensa- 2.500 libras esterlinas (unos cinco mil dólares) por sus servicios.

Todo indica que, a no ser por la presencia en él del señor Mosley, el vídeo en cuestión no merecería espectadores: se trata de una de esas pequeñas bazofias sin gracia ni vuelo que se malbaratean en los sex-shops de última categoría. Pero como su protagonista es un hombre rico, poderoso e influyente, el escándalo ha sido considerable. Varias asociaciones de sobrevivientes de los campos de exterminio nazis han condenado al personaje y exigido su renuncia de la FIA, al igual que dignatarios del mundo deportivo, ases del volante y dirigentes empresariales.

Max Mosley ha hecho saber que no renunciará a la presidencia de la FIA. "Si hubiera sido sorprendido conduciendo demasiado rápido en una carretera, o habiendo bebido más de lo lícito, hubiera renunciado en el acto", dice en su comunicado. "Pero un periódico escandaloso obtuvo por medios ilegales unas imágenes de algo que hice en privado, algo que era inofensivo y absolutamente legal. Mucha gente hace cosas en su recámara y practica hábitos que otros pueden encontrar repugnantes. Pero, mientras ocurran en privado, a nadie debería importarle".

Diré rápidamente que, a mi modesto entender, el señor Max Mosley tiene toda la razón del mundo, y que si a él le gusta que le sacudan las nalgas -como hacían las mamás con los niños que se portaban mal cuando yo era pequeño-, o sacudir las nalgas ajenas, es un asunto que sólo le incumbe a él y a sus cómplices en tales azotainas, y a nadie más. A condición, claro, de que esos juegos de manos se lleven a cabo entre adultos que se presten a ellos de buena gana y con perfecta lucidez, como parece haber sido el caso en esta ocasión.

El mundo del sexo, como saben todos los que se han dado el trabajo de leer a Freud y a la mejor literatura, es un abismo sin fondo por el que merodean toda clase de especímenes -algunos, bastante siniestros- y, en él, toda idea de normalidad es relativa y discutible. Una generalizada hipocresía ha impregnado siempre este tema y a ello han contribuido las iglesias y los Estados empeñados en legislar no sólo sobre la conducta pública de los ciudadanos, sino también sobre su vida privada. En verdad, en una sociedad libre y democrática, la vida sexual de las personas, como la religiosa y la política, no debería tener otra limitación que la establecida por las leyes en defensa de los ciudadanos contra los atropellos y la violencia. Lo que, dentro de estos límites, hagan las parejas, los individuos o los grupos de mutuo acuerdo es asunto que sólo a ellos concierne.

Desde el siglo XVIII, en la literatura francesa se llama al sadomasoquismo el "vicio inglés". Y, en efecto, en la literatura erótica victoriana -que existió y fue profusa, aunque usted no lo crea-, los azotes están siempre a la orden del día, y por eso es tan aburrida y tan pobre comparada a la francesa. A mediados de los sesenta, cuando yo llegué a vivir a Londres, acababan de prohibirse los castigos corporales en los colegios -el famoso cane o palmeta o varilla- y, en la polémica que la medida provocó, sesudos psicólogos y psicoanalistas sostuvieron que una consecuencia inesperada de aquellos azotes que recibían los alumnos de las escuelas era la posterior adicción sexual al castigo (recibido o infligido) de muchos de ellos. Ante mi estupefacción -yo creía entonces que todos los escritores eran progres-, entre quienes se oponían a que se prohibiera el cane en las escuelas figuraba buen número de escribidores, encabezados por Kingsley Amis, un autor entonces muy popular en Inglaterra.

Las circunstancias hicieron que el único sadomasoquista que he conocido (sin saber que lo eran, debo de haber conocido a muchos, ya lo sé) fuera el mejor crítico de teatro que he leído jamás. Se llamaba Kenneth Tynan y sus crónicas semanales eran, junto con las que escribía Cyril Connolly, el gran placer de mis domingos londinenses. Tynan tenía una enorme cultura teatral y escribía con ingenio, independencia, humor y un buen gusto infalible. Él mismo escribió -mejor dicho, reunió los textos de- ¡Oh, Calcuta!, uno de los grandes éxitos teatrales de aquella época. Sólo recuerdo de la obra que actores y actrices se pasaban un par de horas en el escenario en pelotas. Una vez cené con Tynan y su conversación era tan chispeante como sus artículos. A su muerte se publicaron sus cartas y por lo menos dos biografías (una de ellas escrita por su viuda, Katharine). Así supimos sus lectores que, desde hacía muchos años, el célebre crítico se reunía, un par de veces por semana, en un cuartito de Knightbridge, con una amiga y cómplice, para practicar esas sesiones de azotes que los dejaban a ambos enronchados y contentos.

Eran unos tiempos en los que la prensa amarilla no escarbaba en la intimidad de las personas con la tenacidad y la eficiencia con que lo hace en los nuestros. Porque, en la lastimosa astracanada de Max Mosley y las cinco prostitutas, el papel verdaderamente repugnante lo tiene, para mí, The News of the World -al que aquél acusa de haberle montado una emboscada-, con sus farisaicas pretensiones de defensor de la moral pública. Este periódico se ha ganado su inmensa popularidad -es el más leído del Reino Unido- con las sistemáticas raciones de mugre e infamia con que alimenta a unos lectores, a quienes, está demostrado, este género de nutrición les encanta. De modo que aquello del "vicio inglés", después de todo, podría no ser algo tan prejuicioso y desatinado como yo creía.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2008.

Historia de David Galula

Este capitán francés privilegió durante la guerra de Argelia las iniciativas sociales, culturales y políticas sobre las militares. Sus tesis se aplicaron años más tarde en la guerra de Irak

La historia real puede, a veces, ser tan inesperada y serpentina como las mejores historias de la ficción. Para probarlo, he aquí la extraordinaria aventura de David Galula.

Durante la guerra de Argelia, en los años cincuenta, es improbable que los franceses y argelinos oyeran hablar siquiera de él y menos que imaginaran el papel que desempeñó en el desarrollo estratégico de la contienda ese capitán de origen tunecino, graduado en Saint-Cyr, que había conocido de cerca las luchas anti-coloniales en Indochina, y que, ofreciéndose como voluntario, fue destinado en febrero de 1956 al frente de una compañía del 45 Batallón de Infantería Colonial, a la región de Aissa Mimun, en la Kabilia. La insurrección del Frente de Liberación argelino (FLN) llevaba dos años y el Ejército francés, pese a su superioridad militar y numérica, no daba pie con bola. Carecía de una estrategia frente a la eficiencia de las acciones terroristas de un enemigo invisible, fundido con la población nativa, a la que la política represiva y la tortura sistemática empujaba cada vez más a solidarizarse con los insurgentes.

El capitán Galula inició, por su cuenta y riesgo, un experimento que sus superiores autorizaron llenos de escepticismo. Consistía en privilegiar las iniciativas sociales, culturales y políticas sobre las militares, protegiendo a los sectores moderados de las exacciones y atentados que lanzaba contra ellos el FLN, apoyando a las mujeres nativas empeñadas en la emancipación femenina, involucrando cada vez más a las fuerzas indígenas en la lucha contra la rebelión, prohibiendo la tortura y el asesinato extrajudicial y comprometiendo a soldados y oficiales del Ejército francés en acciones sociales, desde la construcción de escuelas hasta tareas de primeros auxilios y sanidad en las zonas campesinas más deprimidas.

Según Alistair Horne, que ha escrito la mejor historia de la guerra de Argelia -A Savage War of Peace: Argelia 1954-1962- los efectos de esta nueva política fueron extraordinarios y a mediados de 1957 el FLN había sido separado de la población civil y duramente golpeado en toda la Kabilia. El Ejército francés, venciendo la resistencia de sus estrategas de la vieja escuela, comenzó a poner en práctica esta nueva metodología que, en términos estrictamente militares -no políticos, desde luego- le conseguiría una superioridad casi absoluta sobre el terreno.

Pero esa guerra estaba perdida desde el principio, porque el colonialismo repugnaba a la opinión pública francesa, que se movilizó contra ella como se movilizaría, años después, la de Estados Unidos contra la guerra de Vietnam. De Gaulle concedió la independencia a Argelia y entregó el poder a Ben Bella y el FLN. El capitán David Galula lo había previsto, en la tesis central de su filosofía: las guerras revolucionarias y contra-revolucionarias no se ganan con armas y en el campo de acción sino con ideas y propaganda en el dominio de la opinión pública.

En 1962, un think tank de Estados Unidos, la RAND Corporation, descubrió el papel (poco menos que secreto) jugado por David Galula en la guerra de Argelia y lo invitó a un simposio sobre la guerra de guerrillas. Impresionada con la solvencia intelectual del entonces teniente coronel, le encargó un libro, Pacification in Algeria, 1956-1958, que la propia RAND Corporation tradujo al inglés. En 1964 Galula publicó Counter-insurgency Warfare: Theory and Practice. Estos ensayos circularon en fundaciones y agencias especializadas, y en los estados mayores, muy lejos de los lectores comunes y corrientes e incluso de los críticos políticos y militares de los medios. En 1967 David Galula murió sin sospechar la celebridad que su nombre y sus ideas sobre la guerra contra-subversiva alcanzarían años más tarde en el marco de la guerra en Irak.

La manera como resucitó David Galula en medio del conflicto del Medio Oriente está descrita en un estudio interesante del profesor Arthur Herman, de Georgetown University, How to Win in Iraq - and How to Lose (Cómo ganar en Irak - y cómo perder). Uno de los escasos lectores de David Galula fue el general norteamericano David H. Petraeus quien, en los años 2003-2004, se propuso aplicar sus ideas en la región norteña iraquí de Mosul que estaba bajo su administración. La 101 División Aerotransportada a órdenes del general Petraeus reabrió 1.400 escuelas de niños y niñas, y aseguró su funcionamiento, instaló y operó postas sanitarias en el campo, construyó caminos, canales de riego y -estrella de la corona- reabrió la Universidad de Mosul. El terrorismo no desapareció pero cayó en picada y, por primera vez, la población civil comenzó a enfrentarse a los terroristas de Al Qaeda y otros grupos fundamentalistas.

El profesor Herman muestra cómo la sombra de David Galula impregna el manual de instrucciones que el general Petraeus, al recibir la jefatura de las operaciones militares en todo Irak, repartió a todos sus oficiales, insistiendo en la necesidad primordial de colaborar con la población civil y alistar, confiándoles responsabilidades cada vez mayores, a los propios policías y militares iraquíes en la lucha contra el terror. No sólo en acciones armadas; sobre todo, según la fórmula de Galula, en la creación de instituciones representativas de la sociedad civil.

La guerra de Irak está lejos de haber terminado, desde luego. Pero lo alcanzado en el último año, según el análisis de Herman, es notable. Son los terroristas quienes están ahora a la defensiva, cada vez menos seguros en el seno de una sociedad en la que, tanto suníes como chiíes dan cada día más muestras de fatiga y hartazgo con los atentados suicidas y colaboran con el gobierno y la contrainsurgencia. Un hecho fatal para los llamados "resistentes" es haberse empeñado en implantar la sharia en los pueblos que dominan. La regresión que significa prohibir a las mujeres estudiar y ejercer una profesión, aplicar castigos corporales como amputaciones de miembros y la lapidación de las adúlteras, para los sectores suníes, los más evolucionados y modernos de la sociedad iraquí, ha hecho que se rompiera la alianza que unía a éstos con los grupos fundamentalistas y los incitara a colaborar con las autoridades.

Es todavía prematuro predecir cómo terminará la guerra de Irak. Sin embargo, es seguro, a juzgar cómo se trata este tema por los diversos candidatos en la campaña electoral, que, sea quien sea el futuro Presidente de Estados Unidos, aquélla no terminará como Vietnam, con una espantada estadounidense. Y ya no es imposible que, pese a todos los horrores que ha experimentado y experimenta todavía el pueblo iraquí, termine con un país pacificado y sin sátrapas, que construye poco a poco, por sí mismo y con el apoyo del Occidente democrático y liberal un futuro de coexistencia, legalidad y libertad. Si así ocurre, esperemos que a alguien se le ocurra poner a una calle o una plaza iraquí el nombre de David Galula.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2008.

Obama y las primarias

El senador demócrata Barack Obama es el fenómeno central del proceso para designar candidatos en EE UU. La posibilidad de que sea el primer presidente negro del país no es una quimera

Pasé varias horas pegado a la televisión siguiendo las elecciones primarias en Iowa y New Hampshire para designar los candidatos demócrata y republicano a la presidencia de Estados Unidos y estoy convencido -como dije en un artículo anterior- que, con prescindencia del desenlace, el fenómeno central de este proceso que culminará en noviembre es la presencia en él del senador Barack Obama, que ha trastornado de pies a cabeza el statu quo político estadounidense.

A diferencia de lo que ocurre en Francia o en América Latina las revoluciones en Estados Unidos son pacíficas, no se hacen en las barricadas sino en las urnas y no con bombas ni balas sino con votos y palabras (bueno, a menudo eslóganes). Dentro de las coordenadas políticas de Estados Unidos, Barack Obama ha levantado, en un momento difícil de incertidumbre económica y de divisiones y encono político internos, y de desafecto externo hacia el país debido a la guerra de Irak, un movimiento de gran entusiasmo y esperanza, sobre todo entre electores independientes y los jóvenes, en el que curiosamente hay reminiscencias mezcladas de lo que fue la movilización a favor de los derechos humanos y de la integración racial que encabezó Martin Luther King y el impacto que causó en la vida política la irrupción de John Kennedy y su mensaje de reformismo idealista.

Obama conquistó una rotunda victoria en Iowa y perdió apenas por unos pocos millares de votos ante Hillary Clinton en New Hampshire, con lo cual frenó de golpe y casi entierra lo que parecía la imparable nominación de la senadora a la candidatura demócrata trabajada minuciosamente desde años atrás con una astronómica inversión de recursos económicos y la activa participación del aparato partidario. Pero en los caucuses (asambleas) de Iowa se vio, de manera gráfica, que la hostilidad que provoca la señora Clinton entre los propios demócratas es acaso tan pugnaz como entre los republicanos: los votantes de los candidatos demócratas que no alcanzaron el 15% reglamentario mínimo en las asambleas prefirieron en un porcentaje de 3 a 1 apoyar a Obama en vez de Hillary.

En New Hampshire los creadores de imágenes idearon una puesta en escena para demostrar que la senadora Clinton no es el ser frío y ávido de poder que parece, y la hicieron derramar unas lágrimas ante las cámaras en una cafetería, a la vez que balbuceaba que la suerte de Estados Unidos era para ella "algo profundo y personal", y esas lágrimas y puchero, por lo visto, le ganaron los tres o cuatro mil votos femeninos que la salvaron de la derrota. Pero cualquiera que haya seguido con atención todo el desarrollo de estas dos primarias no puede equivocarse: quien sale consagrado como la fuerza dominante en esta primera etapa de los comicios, es Barack Obama, una candidatura improvisada hace pocos meses, en la periferia del partido y que ha conseguido la hazaña de implantarse nacionalmente, con gran eficacia, gracias a la masiva movilización de jóvenes estudiantes e independientes de todas las razas, credos y tradiciones, aglutinados gracias al carisma personal y al mensaje idealista e integrador del senador Obama. Apenas concluida la primaria de New Hampshire, uno de los sindicatos más influyentes del ramo de lavanderías y trabajadores de hoteles y casinos de Estados Unidos, the Unite Here -medio millón de afiliados- endosó su candidatura.

Su discurso, agradeciendo a sus partidarios el trabajo realizado en New Hampshire a la medianoche del día 8, pasó como sobre ascuas por la guerra de Irak, tema divisivo, reafirmando que las tropas debían retornar a casa cuanto antes. Pero consistió sobre todo en un nuevo llamado a la unión, por encima de las diferencias partidarias, étnicas o religiosas para dar la batalla contra la pobreza, la crisis económica, el terrorismo, a favor del seguro médico universal y la defensa del medio ambiente. Obama evita los clisés y lugares comunes del discurso político, transmite convicción, frescura, sentimientos y esa ingenuidad que es objeto de tantas burlas a veces de quienes creen que el "sueño americano" es, también, como las lágrimas y pucheros de la señora Clinton, una hechura de los creativos de la publicidad.

No lo es. Hay un "sueño americano" que está en los orígenes mismos de la creación de los Estados Unidos, como una tierra de libertad, de trabajo, de individuos soberanos y no de castas, en la que las leyes y la moral se confunden para garantizar el bien común dentro de la convivencia en la diversidad y el estímulo permanente a la iniciativa y a la creatividad del ciudadano. Ese sueño ha pasado por períodos de receso y trauma pero ha regresado una y otra vez y es el que está detrás de los grandes episodios de la historia americana, el prodigioso desarrollo industrial y científico, la recepción e integración en su seno de decenas de millones de inmigrantes de todas las tradiciones y culturas, el reformismo liberal profundamente enraizado en la sociedad, la campaña en favor de los derechos civiles, la lucha contra el fascismo y el nazismo durante las dos guerras mundiales y la defensa del mundo occidental ante el totalitarismo en los años de la guerra fría.

Algo de todo eso asoma en la figura de este hijo de un africano y una blanca de Kansas de origen nórdico que, gracias a su talento, pasó por la mejor universidad de Estados Unidos, al igual que Michelle, su mujer -Harvard- y luego de esa sobresaliente formación, en vez de ir a hacerse rico en un gran bufete de abogados neoyorquinos o en la ejecutiva de una transnacional, prefirió ir a sepultarse diez años en las barriadas más miserables de Chicago, organizando a los marginales y a los desempleados para dotarlos de los recursos políticos y culturales que les permitieran salir de la pobreza.

El senador Obama es el primer dirigente de color en Estados Unidos que ha llegado a la vez al corazón de los blancos, de los negros y de los hispánicos, con un discurso en el que jamás se apela a su condición racial. Tanto el victimismo como el racismo al revés brillan por su ausencia en sus entrevistas, en tanto que es constante su prédica para superar las barreras artificiales que suelen levantar las ideologías, el racialismo (que no hay que confundir con el racismo, aunque está contaminado de éste) el feminismo y el ecologismo, con las nociones superiores de libertad, justicia, legalidad y oportunidades, educación y seguridad para todos sin excepción. Son ideas sencillas, generales, sin duda, pero que han hecho vibrar a millones de norteamericanos recordándoles de pronto que la política puede ser algo más generoso y sincero que la versión que dan de ella los políticos profesionales, porque quien las promueve las respalda con una vida entregada a hacerlas realidad.

De otro lado, el inmenso atractivo de su persona es la insensata sinceridad con que ha desnudado su vida en su autobiografía y en su campaña. Anoche decían los comentaristas de la CNN que el clan Clinton tenía preparada una campaña de guerra sucia devastadora contra Obama. Pero ¿de qué pecaditos veniales o mortales podrían acusarlo que no haya él ya reconocido, adelantándose a sus detractores? Los norteamericanos saben perfectamente quién es Obama: de dónde sale, qué ha hecho con su vida hasta ahora, los errores que cometió -las drogas que marcaron a su generación, por ejemplo- y concluido que en el balance prevalece lo positivo. Por eso se han movilizado de esa manera convirtiendo en realidad algo que hace apenas unos meses era un imposible.

Después de lo ocurrido en Iowa y New Hampshire, a menos de un trágico imponderable -un atentado terrorista, por ejemplo- la posibilidad de que Barack Obama sea el primer presidente negro de los Estados Unidos no es una quimera sino una posibilidad muy realista.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2008.